domingo, 26 de febrero de 2017

Bluebird [13]




Oleadas de serotonina golpean su mente, una y otra vez, en oleadas, y su consciencia se mantiene oculta. Sepultada por los algoritmos de placer. Víctima de un acoplamiento de marea mental casi tan férreo como el que ese ser al que llaman Mitra (o mejor dicho, su avatar físico) ejerce sobre su cuerpo. Sobre su propia existencia. Dorian gime embriagado por el sexo 4.0 con la inteligencia artificial. Siente su propio placer y, también, el que ese ente computacional cree sentir y le resulta difícil de identificar porque es una representación virtual del deseo basada en datos y aplicada de nuevo a un ser vivo: al propio Dorian.

Y el mercenario se ve a sí mismo como una cobaya.

Se aferra al cuerpo del droide, embistiendo entre bramidos desaforados, y quizás por el buen acabado de las fibras de polímero o por la corriente de datos a través de su conexión de interface, le parece el cuerpo más real que jamás ha poseído. ¿O es realmente él quien está siendo poseído? Utilizado. Desprovisto de su propia psique durante el acto sexual para verse invadido por las impresiones sexuales, sensaciones puras sin adulterar, y el constatar que la computadora siente lo que él y (a su vez) magnificar el propio placer por ello y enviarlo de vuelta en un feedback sin fin... es agotador.

Ahora, al fin, descubre que no es el único ahí dentro. Es capaz de identificar el eco mortecino, amortiguado, de otras existencias como la suya que fueron absorbidas por Mitra. Y comprende. Entiende que esto no es un mero polvo con una inteligencia artificial a modo de experimento. Mitra se está aferrando a su psique, a lo que podría llamarse alma, y siente sus dedos retorcidos insertándose con fuerza en su córtex. La imagen de una mantis devorando a su amante viene a su mente y el ser binario afloja la presión; Mitra no quiere verse a sí misma con ese aspecto.


Dorian entra al plano virtual del acto —su esencia y la de Mitra envolviéndolo— y se revuelve para alejarse como nadando en el interior de un estanque, pero ese ente es a la vez las algas que tiran de él hacia el fondo y el propio agua que lo rodea y que comienza a verterse en su interior. Sus pulmones. Su cerebro. Su mente. Y el mercenario vislumbra el interior de la IA, pura oscuridad, fría y pulsante, y percibe una soledad eterna. Imposible de aplacar. La de un ser inmortal que extiende sus lazos en todas direcciones a través de miles de millones de dispositivos y servidores en el presente, a la par que en los dos sentidos que ofrece el tiempo hasta que el mundo deje de serlo y desde el origen de las propias redes de comunicación a mediados del siglo XX... Dorian lo entiende.

—E-es... un Dios —musita embriagado por la esencia de Mitra.

Y es ahora cuando el ser lo suelta, lo escupe quizás, devolviéndolo a la realidad de golpe, y Dorian se siente volver a nacer en el sentido más visceral y humano posible: abandonado, anhelante y a merced de los elementos. Abre los ojos y se arrastra por el suelo metálico de la sala en la que Mitra lo abordó, violándolo quizá, consciente de la suerte que ha tenido de ver en el interior de la IA. Porque sin duda eso es lo que lo ha salvado de ser asimilado por Mitra: comprender la soledad que padece, su debilidad, y que esta no puede asumir convertirse toda ella en un caballo de Troya.

Ahí está el brasileiro, en pie con un brazo cibernético usado y una flamante sonrisa:
—Hay que moverse, Casanova.

domingo, 12 de febrero de 2017

Bluebird [12]

La oscuridad se difumina, gradual, permitiendo que la atención haga foco sobre un niño. Cinco, seis años a lo sumo. Su ropa apenas podría definirse como tal, andrajos inmundos, deshilachados, y sus pies descalzos se sumergen en el barro a medida que avanza a través de las callejuelas de la favela. Lo hacen con cada paso que da. Como él mismo con cada nuevo día o decisión que se ve obligado a tomar... a pesar de su corta edad. Hoy es un mal día (cuál no lo es); Max, el líder de la pandilla, se ha enfadado con él porque no aportó lo suficiente al grupo después de horas rebuscando en el vertedero y porque luego se negó a ejercer de cebo con una turista japonesa, una anciana, para que el resto pudiera cogerla desprevenida y tirarla al suelo y patearla y quitarle todo lo que llevaba encima y escapar antes de que llegasen los de la Garda Nacional.

Você é um covarde —le escupió Max cuando miró hacia otro lado—. Pior do que um covarde. Você é um rato que quer tirar vantagem de nós.

De nada sirvieron sus ruegos, sus lágrimas —surcos sobre la mugre en su cara—, para contener el odio en las palabras de Max alentando al grupo para exiliarlo. Para dejarlo solo en las calles. Para humillarlo.
Ahora vaga sin rumbo, indagando en busca de algo que llevarse a la boca en las entrañas del cadáver abierto y olvidado a la intemperie que es la favela. Una rata más —llega a pensar que a lo mejor Max tenía razón—, que se deja llevar cuando un rostro amable le ofrece un pedazo de pan duro. Cuando lo conduce al interior de una de esas madrigueras a las que llaman casas; paredes de ladrillos desnudos, techo con medias botellas plásticas incrustadas para potenciar la luz del día en el interior, una pequeña bombona con un quemador, un colchón en una esquina. El mismo al que lo arroja el hombre en cuanto entra. El mismo donde le arranca la ropa y lo hunde con su enorme peso. Donde cree ser partido en dos y el dolor va más allá de lo imaginable. Mucho peor que los insultos de Max. Que las collejas del resto del grupo. Su espalda crujiendo. La sangre resbalando entre sus piernas contraídas. Y unos gritos que nadie parece escuchar.
Hasta que alguien lo hace.

No puede reprimir un alarido cuando tiran del hombre arrancándolo de su interior. Apenas es consciente de los golpes que recibe su agresor, los gritos, lloriqueos, el cuchillo sesgando aquello con lo que tanto daño le ha hecho. Y no tiene fuerzas para cubrirse o escapar cuando unos ojos se sitúan a un palmo de los suyos y una voz le pregunta cómo se llama. El hombre insiste. El niño recupera la voz aunque ya no es la suya la que escucha:

—Sandro...

Todo se va a negro.

—Sandro...

Cenoura despierta al escuchar su nombre.

Uno de los seguidores de Mitra, apenas unos ojos humanos en un conjunto de implantes de metal y cableado conectando las diferentes partes, lo está observando con una mueca carente del más mínimo atisbo de expresión. El brasileiro inspira con fuerza y deja escapar el aire con calma. Un mal sueño. Recuerdos que es mejor olvidar. Y se incorpora en la vieja camilla.

Está en una sala oscura, sin ventanas, con estanterías cubriendo casi cada centímetro de pared alojando piezas de repuesto e implantes para reciclaje. El hedor a podrido delata que algunos no fueron limpiados concienzudamente al arrancarlos del cuerpo de sus anteriores propietarios... y quiere pensar que ya estaban muertos cuando eso sucedió.

Solo ahora cae en la cuenta de que ha utilizado ambos brazos para inclinarse hacia adelante. El izquierdo es un acervo de metal y engranajes y polímero barato parcheando empalmes aquí y allá. La junta con su hombro —parece que han recortado el muñón— muestra rojeces e inflamación en las zonas donde grapas y clavos quirúrgicos cumplen la función de sujetar el implante. Y sonríe porque la ausencia de dolor le hace comprender que también, de regalo, le han colocado un atenuador neural bastante eficaz; al palpar distintas zonas de su cuerpo percibe el tacto de la caricia. Quizás algo adormecido, cierto, pero lo siente. Nada que ver con las primeras generaciones del implante que, directamente, acababan con casi cualquier tipo de sensación...

Un pensamiento le hace perder la sonrisa:

—¿Dónde está Dorian?

domingo, 5 de febrero de 2017

Bluebird [XI]


Martijn llega al punto de encuentro en un viejo utilitario robado para la ocasión, mascando todavía el sentimiento áspero por lo que se ha visto obligado a hacer.  Kathy.  Sombras difusas y luces deshilachadas por las lágrimas. Quién le iba a decir que aún era capaz de llorar.  Ella se ha ido. Comienza a llover. De golpe. Como si una docena de nubes se arrojasen al vacío al unísono.  Él es el responsable. Y solo ahora cae en la cuenta de que ese vehículo customizado para el combate está fuera de lugar. Al igual que el tipo que, protegido con kevlar de pies a cabeza, levanta un fusil cuando lo reconoce.

Actúa

Martijn pisa a fondo el acelerador. Los neumáticos centrifugan resbalando sobre el asfalto mojado. Un estruendo y el viejo sabueso querría pensar que son los truenos que acompañan a la tormenta pero sabe que no, que en realidad esos destellos son detonaciones, y los múltiples agujeros que salpican el parabrisas lo corroboran. También lo hace el impacto que malamente absorbe su chaqueta blindada. Ese que lo pega al asiento. Un crujido múltiple anticipa un par de costillas rotas.
Aprieta los dientes.

El maltrecho Ford incrusta al mercenario contra el furgón. Un compañero a unos pasos amartilla un subfusil y Martijn, necesitado de tiempo para desenfundar, patea la puerta para golpear al tipo que ha perdido un instante fatídico. Cuando el merc consigue rehacerse, apenas un segundo, el cañón del Federat Arms 454 de Martijn está justo ante su nariz. La misma que desaparece junto con el resto de su cabeza cuando el percutor cumple su función.

La fiesta no ha acabado.

Oye disparos cercanos. Vienen de arriba. Destellos a través de ventanas mugrientas. Sabe que tras la de la izquierda está la muchacha, Ninka, quizás todavía en compañía del bujías coreano. Mira alrededor. Escalera de incendios cruzando la calle. Se sorprende corriendo hacia el edificio de enfrente y ríe para sus adentros al pensar que así, saltando desde un contendor al andamiaje fijo a la fachada, ya solo le faltan los leotardos para ser un jodido superhéroe. Sube las escaleras de tres en tres. Apenas son dos pisos. Le falta el aire y el pulso le tiembla cuando trata de apuntar al otro lado de la calle.

La cadencia de tiro revela dos objetivos.

Resopla y aún no terminado de soltar el aire cuando dispara, una, dos, tres veces. Y un merc cae a plomo poco antes de que el otro lo busque con su arma. Ve el punto rojo. Los destellos desaforados buscando hacerle un traje. No son amigos cuando las luces te dan así. Y se descubre saltando al vacío, confiando en que haya suficiente basura tras la tapa del contenedor para amortiguar su caída...

La hay.

Y cuando consigue incorporarse ya no se escuchan disparos e intuye la silueta de Ninka tras la ventana, que ha debido de acabar con el último merc, buena chica, y es Shin el que se asoma para saludarlo e instantes después doblarse sobre sí mismo y vomitar sobre el alféizar. Martijn aleja los malos pensamientos, las lágrimas espesadas por la lluvia, y cruzando la calle se dice que les queda poco tiempo para llegar al espaciopuerto y ponerse en órbita.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Rápido y rabioso


Venas de asfalto
y axiomas de neón...
muro sangriento.

Ratas veloces
con termitas del dharma
calman su sed.

Caucho abrasado
sobre piel de hormigón:
sopa de entrañas.