martes, 30 de diciembre de 2014

Bluebird [5]


Ninka observa a través del ojo de buey cómo los hombres de negro se despliegan en la calle. Una docena de ellos con subfusiles y el mismo equipamiento defensivo que llevaban los tres matones que eliminaron dentro. La guineana amartilla sus pistolas pesadas, una Sternmeyer en cada mano, y recita un «Insha'Allah» en su cabeza para que su chip de ambidestreza no falle hoy.
—¿Cómo vais? —grita Martijn a su lado, mirando hacia la puerta del almacén junto a la barra.
El dealer brasileiro, cree recordar que se llama Sandro Cenoura, se asoma desde el interior del anexo apretando los dientes en lo que es sin duda un rictus de puro nerviosismo.
—Shin está en ello... necesitamos algo más de tiempo.
—Claro, Sandro. —Es Grey ahora el que habla con la vista fija en la calle, escopeta automática en mano, con su sempiterno cigarrillo entre los labios—. Tiempo es lo que todos queremos.
Ninka toma aire endureciendo la mirada; al parecer sus vidas dependen de que el ratoncillo coreano sea capaz de activar el montacargas del almacén, que debería de conducirlos a algún punto del subsuelo desde el que escapar de la trampa mortal en que se ha convertido el Karanlık Bahçe. Su tumba si no consiguen salir de él.
—Mierda —masculla Grey—. ¡Ya vienen!
Y efectivamente, la docena de hombres armados ha echado a caminar hacia el local.
La guineana se toma solo un segundo: el necesario para activar el sistema de puntería de sus Hotachi de tercera generación (los implantes oculares de alta gama son mucho más caros de lo que ella puede permitirse), y activa los sensores interface que vinculan las smartguns con su sistema neuronal. Su ojo busca el blanco, y cuando la mira del arma pasa sobre este... dos disparos con cada arma, pero solo uno de sus objetivos cae.
Grey maldice en polaco desde la entrada del local, creando una trama de plomo de varios metros que, aun no consiguiendo atravesar los blindajes en busca de órganos vitales, se cobra algún ojo y también obliga a recular a dos de los tipos llevándose las manos a la cara. Por su parte Martijn mide mucho los disparos de su revólver de 14mm, es necesario un brazo muy fuerte para compensar el brutal retroceso, y destroza la cabeza de otro de los matones.
«Quedan ocho», se dice Ninka.
Y la muchacha, porque eso es lo que es aunque le gusta pensar en sí misma como una mujer, muestra una sonrisa salvaje al conseguir un pleno en la nueva tanda pero apenas hay tiempo para regocijarse; Grey corre hacia el interior con el semblante más pétreo de lo habitual (como si sus implantes de blindaje facial no fuesen suficiente), y Martijn tira de su brazo instantes antes de que comprenda lo que sucede. De que vea el cañón sobresaliendo de uno de los vehículos que hay frente al local.
Sabe que no lo van a lograr, que el viejo policía no llegará hasta la barra, y lo zancadillea para hacerle perder el equilibrio cargando después contra él en busca de una de las columnas, la más cercana, y Grey ya está saltando sobre la barra cuando el silbido del proyectil sesga el aire y Cenoura los apremia desde la puerta del almacén, como en cámara lenta, y siente el aire caliente de la estela del obús y sus ojos artificiales le permiten ver la explosión en toda su magnitud... con una infinita gama de azules.
El espejo se parte en mil pedazos, replegándose como la superficie de un estanque ante el impacto de una piedra, y el aire se convierte en plasma en apenas décimas de segundo expandiéndose por el local en forma de llamaradas. Y tira de Martijn hacia detrás de un cúmulo de cadáveres con la esperanza de que sea suficiente para evitar esas obscenas lenguas de fuego.
Porque no está dispuesta a aceptar ese beso.

1 comentario:

POETA dijo...

We do like each other a lot, when we look at each other is obvious how attracted we are to each other. Now that I'm close to my 50's I would like to have an adventure with you. I know you want the same....