sábado, 25 de mayo de 2013

El computador



Esta mañana nos ha llegado el nuevo computador.

Herr Meyer estaba muy alterado y no paraba de gritar y dar órdenes confusas, cuando se pone nervioso regresa ese brutal acento austríaco, y al llegar los de la mensajería con las cuatro cajas ya tenía sendos cercos de sudor bajo las axilas y el inicio de una afonía. Finalmente, se fue al baño y permitió que el becario azerí que enchufaron de la central se hiciese cargo de todo el proceso.
            
 —Hmmm… ¿y esto qué es? —preguntó Ilham cuando el equipo estuvo montado, sobre la mesa de aluminio cubierta de linóleo que hay junto a los baños, y todos los presentes miramos inmediatamente hacia el técnico—. ¿Para qué sirve?
             
El operario sonrió limpiándose al pantalón la grasa que habían supurado las entrañas del computador. Un gesto hacia el chaval en prácticas que lo ayudaba para que se hiciese cargo de las cajas vacías. Una mirada fugaz hacia el escote de Kirsten, la joven secretaria que acostumbra a irse de fin de semana con Herr Meyer, y un leve carraspear para aclararse la garganta y echar a hablar con voz grave.
—Ahí están los tubos.
—¿Tubos? —inquirió nuevamente el azerí mesando su escueta barba—. ¿Qué tubos?
—Los catódicos.
—¿Y qué es eso?
—Este computador no escribe en papel… se ve todo a través de ese trozo de cristal.
             
Gladis, la otra secretaria, no pudo contener una carcajada llena de incredulidad; seguro que en sus cuarenta años de labores administrativas jamás había escuchado semejante locura.
            
—¿Quién me firma la entrega?
—Yo mismo —se apresuró a decir Ilham bolígrafo en mano—, ¿pero cómo vamos a trabajar con eso?
—El manual sí que está en papel —masculló el operario dando grandes zancadas hacia la puerta.
            
Todos mirábamos fascinados el aparato sin atrevernos siquiera a tocarlo, con miedo, como si pudiera provocarnos algún mal el hacerlo, cuando Herr Meyer salió de los baños hecho un basilisco —los cercos de sudor seguían allí— ordenándonos que lo encendiésemos y todos miraron hacia mí.
Al fin y al cabo yo soy el encargado de mantenimiento.
             
—Vamos, Ludwig —insistió Ilham deseoso, no lo dudo, de que la siniestra máquina se llevase una de mis manos por delante—. No podemos perder toda la mañana.
       
Y con cierto respeto aunque envalentonado por la atención que me prestaban todos, especialmente Kirsten, accioné el conmutador de encendido para luego tirar de la correa de arranque tal y como ya había leído anoche en un manual de propaganda. Un leve tufo a gasoil puso de manifiesto que el computador estaba echando a andar y, claro está, el consiguiente hilo de humo negro dejó perfectamente claro que las válvulas estaban cumpliendo su cometido.
             
Un punto verde apareció… en la pantalla de cristal.
            
 —¿Qué diablos es eso? —maldijo Herr Meyer señalando el haz de luz con pulso tembloroso—. ¿Dónde está el papel gramado? ¿El carro de impresión? ¿Qué mierda es esto? Tú, Ludwig, nunca debí hacerte caso.
            
 Y como tratando de ayudar Kristen pulsó un botón del teclado y el punto se convirtió en letra.
             
—Santa Madre de…
             
Nuestro orondo y calvo jefe de sección se quedó sin palabras a la par que Ilham perdía la sonrisa al comprender que Kristen, a la que trata de beneficiarse desde que la vio, había salido en mi defensa y aun encima con éxito.
—¿Qué coño es esto, Ludwig? —logró balbucir finalmente Herr Meyer.
—El futuro —me atreví a decir tímidamente para luego soltarme—. En América llevan años practicando con ello e incluso valoran la opción de transmitir imágenes a distancia… como la radio, pero podremos ver a los locutores.
—P-pero, ¿estamos tontos o qué? Haciendo ahora caso a los americanos. —Arrugó la nariz como si mis ideas apestasen físicamente—. ¿Y qué será lo próximo? ¿Tocar a distancia? ¿Oler? ¿Qué clase de estupidez es esta? ¿Vamos a devolver ese engrendro?
—E-estamos en el siglo XXI, Herr Meyer —me atreví a decir.
—Por mí como si estuviésemos en el XXIII; con el dinero que han facturado a nuestra sección por eso podríamos haber contratado a cinco secretarias más para todo el año.
             
Ilham reía por el rapapolvo que estaba recibiendo.
         
 —¡El futuro me dice! —rezongó el encargado dándome ya la espalda y camino de su despacho—. Que alguien suba a la azotea a ver si el zep de la mensajería sigue allí… tal vez tengamos suerte y estén tomándose unos grogs en la cantina.
             
Y la hiriente risa del azerí me acompañó mientras avanzaba hacia la azotea para descubrir que los de la mensajería ya se han ido.
           
Quizás deba quedármelo yo.

7 comentarios:

virgi dijo...

Pues tal vez sea lo más razonable, le sacarás un gran partido.
Besos :)

Pelayo Lennon dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Pelayo Lennon dijo...

Buenos días . Tu error, me ha traído a tu blog.
Con tu permiso voy compartir " El computador".
Saludos y buen día

Annie dijo...

Yo también me lo quedaría...
El futuro no debe asustarnos, al contrario, es un nuevo reto que superar.

Saludos

Laura N dijo...

Me gusta ese computador, también me lo quedo...

Besos

MORGANA dijo...

Deberías quedártelo ..y si no es así ,ando buscando uno nuevo..
Besos.

MORGANA dijo...

Gracias por tu comentario,Borja..estoy segura que puedes hacerlo..simplemente lo sé.
¡¡Un beso!!